¡Hola a todxs!

Hoy sencillamente quiero compartir con ustedes a modo de desahogo, un fatídico acontecimiento en mi vida…

La noche del pasado jueves mi compañera, mi amada, mi confidente, mi amiga y cómplice, entró en una huelga. Supongo que por la explotación laboral con la que estaba viviendo desde hace un par de años atrás, total, las razones le sobraban, no lo niego.

Cabe mencionar que no había tenido vacaciones, ni días de descanso desde hacía meses. Al contrario, más y más trabajo se iba acumulando para ella, de mañana, tarde y noche, no había ni un solo día en que no estuviese activa.

Esa noche, después de un arduo día de trabajo, de un calor insufrible, y una negativa de mi parte a que hiciera las cosas lento y con calma, simplemente dijo:

-¡Ya basta!

Y todo mi mundo se cayó con esa decisión.

Porque ella lo sabía todo de mí. Tenía en su memoria las diferentes formas en las que me gustaba hacer mis trabajos, los colores que disfrutaba, mis imágenes predilectas, conocía mis deberes, los organizaba por categorías encarpetadas, llevaba mi calendario, mi seguimiento de tareas, trabajos y publicaciones del blog y de mi vida.

Su conocimiento de mi se remontaba al inicio de Pensando Letras, mis primeras ideas sobre qué sería, mis aspiraciones, planes, horas y horas de investigación y descubrimiento.

Sabía de mis garabatos y bocetos de escritos que esperan con ansias ser publicados. Ella los leyó y escribió conmigo, me corregía constantemente y me impulsaba a continuar con el suave sonido que la caracterizó siempre.

Durante el proceso de mi regreso a la universidad estuvo más que presente, me ayudó en todo, y se dispuso desde el primer instante a acompañarme por la larga y misteriosa travesía que nos esperaba.

Cuando inició nuestro viaje, no teníamos contemplado tantos giros, tantas desviaciones que significaban aumentar el ritmo de trabajo, salir fuera de casa temprano y regresar tarde, cansadas, agotadas, descansar un instante y continuar trabajando.  Nos desviamos de los planes, aumentamos deberes que bien pudimos postergar, queríamos acaparar con todo, una porque podíamos y dos porque de alguna forma sentíamos que se nos agotaba el tiempo. Pero ninguna de las dos son razones para descuidarse uno mismo.

La primera vez que noté que ella necesitaba un descanso la ignoré, y continué con el mismo ritmo pese a observar que debía ir más lento. Cuando bajó el paso no reaccioné bien, me esforcé por hacerle comprender que teníamos que debíamos movernos rápido. No entendí que ir despacio también esta bien.

Para cuando lo entendí, ya era tarde. Ella se había declarado en huelga y yo no podía hacer nada. Intenté inútilmente convencerla de que volviera, me desvelé varias noches conversando con ella a solas, escuchándola, viéndola, tratando de comprender cómo podía salir yo de esta sin ella, y la respuesta era siempre la misma: No puedo.

Poco a poco fue eliminando de su memoria lo que habíamos construido juntas, las conversaciones que se volvieron escritos, las publicaciones que teníamos contemplado subir a Pensando Letras se borraron, las estructuras laborales que hicimos para ciudades educadoras se esfumaron. Y entre su renuencia a volver, y su capacidad de agradecimiento me permitió rescatar tres de las carpetas más importantes que habíamos creado juntas justo antes de irse sin dar vuelta atrás.

Lloré ante su partida. Se desgarro mi interior al sentir su ausencia que daba paso a un silencio sepulcral que me recorrió el alma.

Quise reparar las cosas, intenté de una forma y luego de otra sin obtener resultados, me negaba a admitir que lo que construimos ya no estaba, me negaba a ver que ella se había ido junto con tantas memorias nuestras y que solo me quedaba aceptarlo de una u otra forma.

Entre mis reflexiones comprendí que debía ser menos impaciente, bajar el nivel de autoexigencia que me había impuesto a mi misma quien sabe cuándo y por quien sabe qué razones. Entendí que permitirme descansar es fundamental para mi salud emocional y física. Comprendí que es importante saber decir NO, y más cuando no puedes ya sea porque tengas más cosas por hacer o porque realmente no quieres hacerlo, hacer las cosas por obligación solo acarrea pesadez e inconvenientes a la larga, sobre todo para ti mismo.

Al final, acepte que tenía que volver a empezar, con o sin ella. Le agradecí tantas horas compartidas, agradecía que estuviera conmigo en el trabajo, en la escuela y el ocio, en las buenas, en las malas y en las frustrantes. Pero sobre todo agradecí que haya compartido su vida conmigo.



Les mando un abrazo psicológico y literario enorme.

Espero que les haya gustado. ¡¡Nos vemos pronto para seguir compartiendo el enorme, y hermoso amor que sentimos por los libros!!


Te invito a que me sigas en mis redes sociales. Me ayudaría muchísimo 🙂 Gracias

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